martes, 4 de enero de 2011

El tiempo me arrancó el corazón.

Cojió mi corazón sin cuidado, inconsciente, y lo rasgó sin piedad, cada aguja del reloj se me clavaba por detrás.
Ella seguía hiriéndome, sin darse cuenta, como nadie lo había hecho jamás.
Los pájaros se alejaron volando y yo ya no podía jugar con ellos.
No había felicidad, no sabía que era eso.
Estaba aterrada, le temblaban los dedos y sus ojos verdes lloraban.
¡Tengo corazón! exclamó, pero era mentira, ya no lo tenía, el viento había estornudado y se había llevado los frágiles trozos que todavía no había destrozado aquella hermosa niña.
De repente, encogió, se empezó a ver todo más y más grande, gigante.
Algunos de aquellos gigantes que antes habían tenido la misma estatura que ella se ropezaban con ella, pero luego seguían hacia denlante.
Casi se le salen los ojos al observar a aquello que antes había sido su amiga dando la mano a una bruja.
Cerró los ojos muy fuerte, se tapó sus diminutas orejas con las manos y se quedó en el suelo, gimoteando, y notando como el mundo, le daba patadas en el hueco donde antes había estado su corazón.

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